Recuerdo tener más o menos 5 años y estar sentada viendo la tv con mi hermano. Se estaba zampando unas galletas con un vaso de cacao. Mientras veíamos unos dibujos de la época, comencé casi sin darme cuenta a rozarme con el dedo pulgar los bordes de las uñas del resto de dedos.
Me acuerdo que aquello me gustaba y me hacía sentir tranquila y relajada. Si notaba alguna pielecita suelta, la iba desgastando con mi dedo, hasta que finalmente se separaba y caía al suelo. Me quedaba más relajada aún.
Así es como empecé con 5 años a morderme las uñas, y desde entonces, con más de 30, no he podido nunca dejar de mordérmelas.
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